NeoFronteras

Sobre dilemas morales en Medicina

Área: Psicología — jueves, 9 de junio de 2011

Realizan un estudio sobre dilemas morales que arroja como resultado un razonamiento moral distinto entre médicos y administradores de la salud.

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Para poder evaluar los mecanismos cerebrales que controlan la moral, los psicólogos suelen plantear dilemas morales a los sujetos de estudio. En estos dilemas el sujeto tiene que tomar una decisión sobre la vida y la muerte de unos personajes humanos en una situación límite.
Cuentan que durante la segunda guerra mundial un grupo de judíos estaba en un sótano o similar cuando trataban de esconderse de los soldados nazis. Si los capturaban irían directamente a algún campo de exterminio. Entre este grupo de personas había una madre con un bebé. Los soldados nazis se acercaban y el bebé se puso a llorar. Ante la perspectiva de que el llanto del bebé los descubriera, la madre tapó la boca del bebé. Los soldados nazis abandonaron el lugar sin percatarse de la presencia de los refugiados, pero el bebé murió asfixiado. Es difícil pensar que una madre pueda luchar contra el instinto biológico de protección de su hijo, así que la muerte fue probablemente “accidental”, pero su acción probablemente salvo la vida de todos. ¿Se puede justificar el asesinato para poder salvar la vida de varias personas?
En un mundo absolutamente racional y sin sentimientos, en el que todos fuéramos como el Mr. Spock de Star Treck, la respuesta a este dilema sería clara y se podría matar al bebé para salvar de una muerte segura a muchos otros. Pero siempre queda la duda, quizás los alemanes hubieran perdido la guerra antes de poder exterminar a este grupo de prisioneros. En definitiva, podemos buscar escapatorias plausibles para evitar la muerte del bebé.
Hay que diseñar mejores dilemas morales que sirvan para evaluar a las personas. Algunos de ellos tienen como protagonistas a trenes o tranvías. Supongamos que a usted, amigo lector, se le planeta un dilema de ese tipo. Se le pone a cargo de la palanca que cambia las agujas en una vía de tren de tal modo que lo desvía hacia otra diferente si se la empuja. Digamos además que justo después de esa bifurcación, y a los pocos metros, hay 5 personas atadas sobre una de las vía que un demente ha colocado ahí y una sola persona en las mismas condiciones en la otra. El tren está fuera de control y no hay nadie que lo pueda frenar, si no hace nada el tren arrolla a las cinco personas, si empuja la palanca el tren arrolla a la persona de la otra vía. ¿Qué haría?, ¿empujaría la palanca? La situación no la ha buscado usted, es, al fin y al cabo, culpa de otro.
¿Y si no hay cambio de agujas y en su lugar, para parar el tren, tiene que empujar a una persona que está con usted en un puente?, ¿qué haría?
En este tipo de dilemas la mayoría de las personas no sacrificaría a otra para salvar a un grupo mayor. Quienes responden que sí lo harían revelan alguna patología cerebral, al menos así sostienen algunos neurólogos. Es muy interesante explorar la actividad cerebral con un sistema de resonancia magnética nuclear y ver las diferencias entre el primer caso y el segundo cuando al sujeto se le plantea uno de esos dilemas.
Pero hay que admitir que el dilema del tren fuera control y el psicópata que ha colocado esas personas no es muy realista. En otros hay unos trabajadores (¿sordos?) trabajando en las vías, cinco en un lado y uno en el otro, pero siempre hay alguna escapatoria para el dilema. Y la justificación de no hacer nada que propicie la muerte de alguien es que, de algún modo, se les puede avisar.
Para ver cómo la gente se desenvuelve en las elecciones morales Joshua Greene y Katie Ransohoff, de la universidad de Harvard, han realizado un estudio de este tipo. Reclutaron a 84 médicos y 69 administradores o gestores de la salud (responsables de la seguridad social y campañas de vacunación pero que no tratan directamente con pacientes) y les plantearon dilemas morales más realistas que el relatado antes.
Así por ejemplo, uno de los dilemas consistía en que para salvar a varios pacientes que necesitan un acceso breve a un sistema de soporte vital se necesita “desenchufar” a un paciente gravemente herido enganchado a uno de esos sistemas. Si se toma esa decisión se salva probablemente la vida a cinco pacientes, pero se deja morir sin remedio a uno. En otro ejemplo se debe decidir entre salvar la vida de unos pocos con un tratamiento muy caro o salvar a muchos con un sistema de diagnóstico muy barato.
Los investigadores también propusieron a los voluntarios dilemas estándar como el del tren. Como grupo de control usaron a 110 personas con profesiones no relacionadas con temas de salud o médicos.
Las respuestas de los médicos, tanto en el dilema del tren como en los hospitalarios, no difirieron estadísticamente del grupo de control. Sólo el 12% de los médicos estaban dispuestos a matar a un hombre para salvar la vida de varios en el dilema del tren, por ejemplo. Sin embargo, la situación era distinta en los administradores de la salud que no se relacionaban con los pacientes. En este caso el 21% de ellos creían que era moralmente correcto matar a una persona para salvar a las demás. Lo mismo pasaba con las decisiones médicas. Cerca del 50% de éstos administradores de la salud pública estaban dispuestos a desenchufar a un paciente para salvar a varios, frente a un 30% de los médicos.
Según Green, estos resultados son coherentes con el juramento hipocrático de no hacer daño. Apunta a que algunos problemas, como la sobremedicación con antibióticos, que da lugar a una resistencia frente a estos fármacos entre las bacterias, requiere el sacrificio del interés del paciente por un bien mayor y, por tanto, los médicos siguen sobremedicando. Los dilemas del tren pueden parecer artificiales, según Green, pero representan versiones extremas de decisiones morales que hacemos en nuestra vida diaria.
El próximo paso podría ser realizar un estudio que hiciera un seguimiento de los profesionales de la salud antes y después de su formación, dice Daniel Wikler, bioético de la Harvard School of Public Health en Boston, que ayudó a Ransohoff a diseñar los dilemas médicos. Se pregunta si la formación en salud pública hace a la gente más dispuesta a sacrificar individuos por un bien mayor o si ese tipo de gente es más propensa a caer en ese tipo de trabajo. La gente difiere en su razonamiento moral, pero si esas diferencias se deben a la naturaleza o a la educación es algo que hay que ver.
Lo curioso de estos dilemas es que siempre se plantean desde el punto de vista de un observador exterior. Es de suponer que si es uno no es al que quieren “desenchufar”, sino el que necesita el tratamiento, la cosa puede cambiar y el camino hacia la inmoralidad se allana.
Pero, ¿y si se pueden extraer los órganos de alguien todavía vivo para salvar a varias personas?, ¿inclinaría esto la balanza hacia un lado?
Hay que tener cuidado, un “razonamiento” de sacrificio de unos pocos para supuestamente salvar a muchos más también puede ser la justificación para suprimir tratamientos caros en un sistema de seguridad social público siempre pobre en recursos.
Lo malo es si uno está al otro lado esperando un tratamiento o un órgano. O si por culpa de la sobremedicación, e infectado con la cepa alemana de E. coli, los antibióticos no sirven para salvarle la vida.
La regla “no hacer daño a los demás” está íntimamente grabada en nuestros cerebros, nos ha permitido prosperar como especie y ha creado todos los sistemas culturales que mantienen la idea de justicia. Y, sobre todo, para cada uno de nosotros no es lo mismo realizar una acción que desencadene la muerte de un ser humano (independientemente de las circunstancias) que una inacción que derive en la muerte de otros. La responsabilidad no es la misma. Las cosas que podríamos hacer y no hacemos para salvar vidas son casi infinitas y no realizamos casi ninguna de ella.
Ya que hay demasiada gente el mundo, puede que sea mejor mantener una población con cierta ética que mucha más población pero con una moral laxa.
Todo esto recuerda un poco el cuento “Los que abandonan Omelas” de Ursula K. Le Guin.

Copyleft: atribuir con enlace a http://neofronteras.com/?p=3517

Fuentes y referencias:
Noticia en Science.
Ilustración: John Holbo

Salvo que se exprese lo contrario esta obra está bajo una licencia Creative Commons.
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14 Comentarios

  1. JAvier:

    Esto me resulta un tanto perturbador, si me ponen ante uno de estos dilemas elegiría salvar al grupo más grande de personas. Me sentiría tanto o más culpable si dejo morir a X número por no matar a una o unas pocas que si lo hiciera.

    Saludos

  2. tomás:

    Estimado Neo:
    Dejando aparte lo terrible de decidir en casos así, no comprendo el dilema planteado al final del 9º párrafo: Salvar pocos con TRATAMIENTO muy caro o muchos con DIAGNÓSTICO muy barato. ¿Está correctamente planteado o hay algún error?
    Porque siempre es preferible un diagnóstico correcto que un tratamiento correcto. Siempre es preferible salvar a muchos que salvar a pocos. Siempre es preferible salvar barato que salvar caro. Así que no veo el dilema. O no lo entiendo o está tan clara la 2ª opción que no existe el dilema.
    Saludos.

  3. RicardM:

    El dilema más fuerte «¿y si se pueden extraer los órganos de alguien todavía vivo para salvar a varias personas?, ¿inclinaría esto la balanza hacia un lado?»
    Las distintas respuestas de médicos y gestores corresponden a su visión del problema y a su propia situación ante él.
    El médico debe salvar a un paciente, que tiene nombre y apellidos y, probablemente, familia. Tiene un enfoque más personal y su objetivo es solventar un problema que afecta a un individuo.
    La visión del gestor és más amplia. Se enfoca en la colectividad. El gestor no ve individuos, ve problemas que afectan a un conjunto de personas anónimas.
    Es para mi evidente que las diferencias entre médicos y gestores se deben a los diferentes objetivos (y, consecuentemente, a la diferente formación en el logro de estos objetivos).
    Respecto al dilema fuerte (casi gore) del principio de mi comentario yo creo que la mayoría de médicos y gestores responderian lo siguiente: Me faltan datos. Si el donante vivo está gravemente herido, el gestor responderá que adelante con los trasplantes y el médico estará «predispuesto» a aceptarlo. Si se trata de una persona sana, el médico dirá claramente que no, y el gestor estará «predispuesto» a aceptar que no. También depende del número y tipo de receptores. No es lo mismo 5 que 50. No es lo mismo personas adultas que niños.
    «Las cosas que podríamos hacer y no hacemos para salvar vidas son casi infinitas y no realizamos casi ninguna de ella.» Esto es porque «dicen que la distancia es el olvido». La cuestión es ¿Qué vidas hemos de salvar?, ¿El millón y medio de niños que mueren anualmente de diarrea en el mundo? Están muy lejos. Los «olvidamos». Pero nos levantamos de nuestros cómodos sillones si mueren diez alemanes intoxicados por pepinos, brotes de soja o dios sabe qué. ¿Procuramos aguas salubres para evitar las diarreas en los paises en desarrollo (pagando por ello), o continuamos sobremedicando con antibióticos, propiciando la aparición de E. coli virulentos y resistentes?. Para un gestor global la respuesta es clara, pero yo sólo soy un europeo egoista…

    Un buen artículo Neo. De los que hacen pensar.

    Saludos cordiales.

  4. NeoFronteras:

    Estimado Tomás:
    Sí ese párrafo trata de esa postura, pero no trata de apoyar esa postura. Hay tratamientos punteros que la SS no cubre y que son muy caros, pero con ese dinero se puede tratar a muchos con tratamientos convencionales. No nos engañemos, incluso en países «avanzados» muere gente por falta de tratamiento a tiempo.

  5. NeoFronteras:

    Apreciado RicardM:
    Gracias por su punto de vista y aclaraciones. Y sí, eso de la inacción se refería a casos como el que señala de diarreas y similares (o vacunaciones, etc.) en los países en desarrollo.
    Y es verdad que todos somos europeos egoístas. Hay algo biológico en eso de proteger a «los tuyos», y esa categoría es un indefinido número de círculos concéntricos que empieza en la familia.

    Por cierto, estos locos españoles (o norteamericanos) que deciden no vacunar a sus hijos y que han conseguido multiplicar en unos pocos años por 1000 los infectados por enfermedades casi erradicadas, ¿en qué categoría los ponemos? ¿egoístas ignorantes?

  6. RicardM:

    Neo, buena cuestion la de las vacunaciones. Al respecto, y siguiendo el hilo del artículo, una pregunta abierta a todos ¿Es moralmente aceptable obligar a vacunar con el objeto de preservar la salud del conjunto de la población?.
    Saludos.

  7. joabbl:

    El problema de obligar a vacunar a la gente para preservar la salud «global» es que siguiendo con la misma línea debemos prohibir la comida basura porque provoca problemas cardiacos y la sanidad no está para tirar el dinero. Dicho de una manera cruda : No comas hamburguesas, no fumes ni vayas con malas mujeres porque no quiero usar mi dinero para curarte. No conduzcas rápido, no practiques deportes de riesgo, sal a la calle con casco y armadura, no comas mucha sal, porque si lo haces dejaremos que te mueras en un rincón. Y en el caso de tener que hacer un transplante de cualquier órgano y haya demasiados candidatos, estudiaremos sus vidas y se lo daremos al que haya llevado una vida más «sana» porque se lo merece más. En cuando a lo que dice RicardM, efectivamente todos somos egoistas. Si tenemos mentalidad de gestor podemos ir un paso más allá y tener mentalidad de «gestor cínico» y decir: Cualquier tontería que haga la gente para morirse antes será bien recibida para reducir el excedente humano siempre y cuando no nos cueste dinero. Así los que queden podrán ser mejor tratados.

    El problema siempre es la «pendiente resbaladiza»: Dónde fijar el límite.

    Saludos

  8. pvl:

    En mi trabajo me enfrento a menudo al problema del límite de la pendiente resbaladiza que comenta joabll: y me enfrento justo en la dimensión de dilema moral que plantea del art (afortunadamente para mi salud psicológica sin que mis decisiones sobre los límites alcancen ni de lejos los niveles drámaticos de los experimentos planteados. Desde mi reflexión personal he llegado a la conclusión de que:
    1º Los límites son necesarios aunque a veces prefiriéramos que no fuera así.
    2º En las proximidades de los límites las decisiones son siempre y por definición «borrosas» desde cualquier punto de vista que no sea la propia aplicación literal del límite.
    3º Para evitar dentro de lo posible los problemas derivados de la excesiva rigidez o literalidad de la aplicación de límites, la ingeniería nos ofrece una solución que es la que personalmente aplico en mis decisiones: establecer conjuntamente con el límite su intervalo de tolerancia.
    Podría pensarse que esto lo único que hace es derivar el problema del límite hacia los valores extremos del intervalo de tolerancia, y puede que sea así. Sin embargo, esta es la única manera racional que he encontrado para enfrentarme moralmente al problema de la rigidez de los límites.

  9. NeoFronteras:

    Desde un punto evolutivo parecería que lo mejor sería que los que no quieren vacunar a sus hijos que no lo hagan y que así sus genes y memes irracionales se pierdan cuando mueran de alguna de esas enfermedades. Sería una suerte de justicia cósmica. Pero las cosas no son tan sencillas.
    Hay niños que por tener ya otro tipo de enfermedades o condiciones no pueden ser vacunados y que un sarampión les podría matar fácilmente, pero éstos se benefician de que todos los demás se vacunen.
    El que no los vacuna porque no le da la gana quiere ser de los pocos que no lo hagan, beneficiarse de que lo hagan los demás, y no correr ningún riesgo. Todo ello aderezado por una ignorancia supina (que las enfermedades fortalecen el sistema inmune, etc).
    En suma, lo ideal es que, al igual que se obliga a la escolarización, se les obligue a las vacunaciones.

  10. Miguel Angel:

    Siempre están los que darán argumentos en pro de la inalienable libertad del individuo, pero…
    ¿Es posible esa pretendida libertad individual ahora que sabemos que todo está interconectado? ¿es posible que exista libertad sin ley?

    Voy un poco mas lejos: ¿hasta que punto es legítimo este sistema de competición entre mas de 200 paises? ¿es bueno que estemos divididos en 200 paises para el BIEN COMÚN del planeta?
    ¿y para esa libertad individual de la que hablamos?

    Saludos

  11. tomás:

    Estimado Miguel Angel: En mi opinión sería preferible un solo estado mundial, pero sólo con el fin de que los derechos y deberes de todos fuesen los mismos. Es injusto que alguien no pueda pisar una tierra determinada y vivir allí sólo porque unas fronteras totalmente artificiales lo impidan. Pero, naturalmente, habría que atender las peculiaridades de cada lugar para acercarnos lo más posible a esa igualdad que se basaría, en cierto modo, en respetar esas diferencias cuando ello no perjudicase al resto.
    Ello no debería ser impedimento para la libertad individual. Pero claro, tal libertad debería atenerse a unas leyes justas; no puede ser una libertad absoluta o abusiva, sino respetuosa o limitada por las libertades ajenas.
    Recibe mi saludo más cordial.

  12. NeoFronteras:

    De momento lo que parece es que sólo los capitales son los que se mueven con libertad.
    En cuanto a las personas se pondrá cada vez peor, pues los recursos escasearán y el cambio climático y otros problemas medioambientales obligarán a la gente a emigrar. Así que los estados blindarán sus fronteras. Es más, la gente votará si es necesario a partidos nazis para que así sea y conseguirán amplias mayorías.
    La realidad es que el emigrante compite por los mismos recursos que la gente pobre del país al que llega. Y dos grupos que compiten por los mismos recursos producen problemas. Esto no se puede negar y negarlo no soluciona el problema.
    Obviamente todos somos políticamente correctos si llega el momento de expresarnos. Y si estamos en el estrato privilegiado podemos incluso ser sinceros en este caso, porque la inmigración no sólo no nos afectará, sino que podremos aprovecharnos de ella.
    Si se está en los estratos inferiores (y cada día habrá más gente en esa situación) quizás se pueda tener la hipocresía de apoyar la inmigración, pero la realidad es que te favorecerá un cierre de fronteras.
    Esta lógica está basada en que la gente es egoísta, pero es de una lógica aplastante. Todos somos altruistas a bajos niveles, pero casi ninguno lo somos a altos niveles.
    Nadie quiere vivir peor de lo que vive y todos quieren vivir mejor de lo que lo hacen. El margen de maniobra permitido es la capacidad de crear riqueza extra sin que la mejora de las condiciones de vida de unos sea en detrimento de la de los otros.
    Pero no veo cómo se puede crear riqueza extra en una humanidad que ya consume 1,5 veces los recursos renovables del planeta Tierra. Podremos crear riqueza intelectual casi de la nada, pero no comida, vivienda, automóviles…
    Francamente, el futuro es un cataclismo de una clase u otra. Cuanto antes se produzca será mejor (como una pandemia), pues la humanidad podrá recuperarse sobre unos nuevos principios. Si el cataclismo tarda en llegar puede significar el fin de la civilización y del mundo tal y como lo conocemos.
    Si el cataclismo no se da de manera natural no es descabellado pensar en que alguien lo produzca en una materialización de teoría conspiranoica. Llegados a un punto límite los esquemas morales a los que nos agarramos pueden desaparecer, sobre todo si son los otros los que pierden. La Historia está llena de ejemplos.

    Es curiosa la fe que tenemos el ser humano como individuo y lo que esto contrasta con una raza humana que ha demostrado innumerables veces los despreciable que es.
    Hay un desequilibrio en todo esto. Nos fiamos de una persona pero, si somos medianamente inteligentes, no nos fiamos en general del sistema, de la sociedad, del grupo, etc. Necesitamos unos de otros y necesitamos formar familias, clanes, sociedades, países… Pero como grupo nos comportamos como animales salvajes. Para ser humanos necesitamos de los demás, pero los demás, el grupo, aniquila nuestra individualidad. Basta ser diferente para que te condenen al ostracismo.

  13. tomás:

    Estimado Neo: Puedo suscribir cuanto dices, salvo en un detalle: «Obviamente todos somos políticamente correctos…». Lo de políticamente correcto es una frase que se ha puesto de moda cuyo significado me desagrada, pero no viene al caso; la realidad es que se entiende. Mi desacuerdo está en que mucha gente no es ni siquiera políticamente correcta. Conozco a más de uno que manifiesta abiertamente su xenofobia, por ejemplo, o su insolidaridad. Así que si encontramos a alguien que dice entender que hay que hacer lo posible por evitar el amenazante futuro, aunque luego no haga nada, ya se ha avanzado un paso, porque, por lo menos comprende. De manera que quizá sea posible hacer algo antes que haga menor el desastre.
    En consecuencia, tampoco «Todos somos altruistas a bajos niveles…». Ni siquiera así. Por tener un poco más, algunos se creen más que sus semejantes, porque su única vara de medir es el dinero. Y precisan conservar esa diferencia porque sin ella serían bien poco.
    Por lo demás, un acuerdo total. Esta sociedad en que vivimos no es un modelo muy inteligente para la conservación de sí misma.
    Un cordial saludo,

  14. NeoFronteras:

    Estimado Tomás:
    Es que hay individuos en ciertas sociedades que simplemente están enfermos. Como en realidad el ser humano lo único que quiere es que les quieran, y generalmente esto es difícil de conseguir, algunos buscan sucedáneos como la fama y la admiración. Tener riqueza se ha convertido en un medio para que a uno lo admiren, para que uno se sienta superior a los demás…
    También está la falsa felicidad que se consigue al consumir. Somos empujados a hacerlo y al final nos frustra.
    Además la riqueza es relativa, nunca absoluta. Es medida en función de lo que tienen los del entorno de uno. Además los precios son fijados de esa manera. Se da la paradoja que alguien del primer mundo puede ser rico por lo que gana en comparación con el tercer mundo y, sin embargo, vivir en la miseria. No se puede vivir dignamente si uno trabaja menos o cobra menos que los otros.
    Sólo vale el «dinero extra» que uno tiene frente a la media de los demás.
    Esta es la gran baza del capitalismo: la gente en el uso de su libertad tiende a consumir, a generar riqueza, etc. Nos vemos avocados a competir.
    Lo malo es que al otro lado (comunismo), al no haber incentivos, no se crea riqueza. Nadie se sacrifica por el bien de la «comunidad». En encima no hay libertades de ningún tipo y la degradación del medio ambiente es pasmosa.

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