NeoFronteras

Tamaño corporal y cáncer

Área: Medicina — lunes, 28 de enero de 2013

Proponen una nueva explicación al hecho de que el tamaño corporal no esté correlacionado con la probabilidad de padecer cáncer.

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Somos un conjunto que células que cooperan en armonía para crear un ser humano, sus capacidades, sus sentimientos, miserias y grandezas. Cada tipo de célula se especializa y delega en los otros tipos de células las otras funciones. Incluso todas delegan su reproducción a un pequeño grupo de células especializadas con mayor capacidad de división. Las células somáticas normalmente no pueden dividirse más de 50 veces, es el precio a pagar por pertenecer a un ser pluricelular.
Los seres pluricelular surgieron hace unos 600 millones de años, pero todavía estas asociaciones de células presentan problemas de armonía. Algunas de ellas pueden empezar a dividirse sin cesar a costa de los recursos del resto transformándose en células cancerosas. Todos los animales y plantas presentan este problema de poder sufrir cáncer, pero a distinto nivel.
Fijémonos por ejemplo en la ballena. Algunos de los ejemplares que todavía quedan vivieron los tiempos descritos en Moby Dyck, por lo que son muy longevas. Pero el número de células que contienen es muy superior a las que puede tener un ratón o un humano. Es de suponer si se puede dar una mutación en una célula que provoque un cáncer, cuanto mayor sea el número de células que componen un cuerpo mayores serían las probabilidades de padecer este problema, pero no es así.
Se puede estudiar la correlación entre tamaño corporal y el riesgo de padecer cáncer, tanto en humanos, ratones, ballenas o tortugas. Pero tal correlación no existe. Así, en humanos la incidencia del cáncer es de más de un 30%, mientras que en la ballena beluga es de un 18%. Pero en algunas especies se puede llegar a un 46%.
El tener un cuerpo grande no aumenta las posibilidades de padecer cáncer. Es lo que se conoce como paradoja de Peto. Este nombre se debe a Richard Peto, de la Universidad de Oxford, que calculó estas correlaciones en los años setenta del pasado siglo.
La explicación a la paradoja viene de la Biología evolutiva. Si la probabilidad de contraer cáncer aumentara con el tamaño del cuerpo no habría seres grandes. Si los hay es porque evolutivamente se han desarrollado mecanismos que limitan la aparición de cáncer en los animales más grandes.
Benjamin Roche, del Instituto de Investigación del Desarrollo en Montpellier, y sus colaboradores han creado un modelo teórico para estudiar el asunto. Según ellos la paradoja se explica si se asume que el animal alcanza un equilibrio entre reducción de las posibilidades de contraer cáncer y otras prioridades, como la de maximizar el número de descendientes.
Simularon 100 posibles mutaciones estratégicas que terminarían siendo más prevalentes en 4000 generaciones. El modelo incluye proto-oncogenes (que provocan, cuando mutan, que la célula se haga cancerosa) y genes supresores de tumores (que reparan los daños genéticos que dan lugar a células cancerosas). Estos investigadores asumieron que para que aparezca el cáncer se debían de activar los proto-oncogenes y desactivar los genes supresores.
Encontraron que ambos tipos de genes reaccionan de diferente manera a lo largo del gradiente de masas corporales. Sus dinámicas evolutivas están relacionadas y la activación de proto-oncogenes decrece progresivamente con el aumento del tamaño del cuerpo.
Según el modelo, la evolución no siempre favorece los genes supresores de tumores. Este mecanismo, aunque reduce el riesgo de contraer cáncer y la mortalidad, tiene un coste, pues también reduce la fertilidad.
El resultado fue que para tamaños de cuerpo intermedios el coste evolutivo de tener muchos genes supresores de este tipo era mayor que los beneficios que la protección frente al cáncer que aportaban. Por tanto, en algunos casos, y debido a este efecto, para la población era mejor, evolutivamente hablando, tolerar más muertes por cáncer que invertir en mecanismos que lo evitaran.
De todos modos, esta nueva explicación es criticada por otros expertos del campo. Entre otras cosas porque todas las especies suelen adquirir cáncer en el último tramo de vida de los individuos que la componen. El ritmo de contraer cáncer es más similar que diferente y además se desconocen muchos datos.
Estos mismos investigadores afirman que esta explicación que han proporcionado puede que no sea la única. También puede haber menos radicales libres en organismos grandes debido a su menor ritmo metabólico.
Otros investigadores, como el grupo de Carlo Maley de la Universidad de California en San Francisco, podrían quizás corroborar esta hipótesis. Ya están secuenciando el genoma de la ballena jorobada para compararlo con otros genomas, incluido el del elefante. Esperan que quizás puedan identificar mecanismos que eviten el cáncer y que puedan ser usados en ensayos clínicos.
Por último, este tipo investigaciones nos dicen que tenemos que ser muy cuidadosos en la protección del medio ambiente, aunque sólo sea por egoísmo. Quizás en los grandes animales esté la clave que nos permita combatir esta enfermedad, si desaparecen se irá con ellos el conocimiento que podríamos haber aprendido.
Cuando Darwin fue a las islas Galápagos conoció allí a distintas tortugas. Le ayudaron a descubrir los mecanismos que rigen la evolución y alguna de ellas le sobrevivieron durante más de un siglo. Darwin murió y sólo pudo alcanzar la inmortalidad que le dio su obra.
Cuatro de las catorce especies de tortugas gigantes que había en las Galápagos se han extinguido en las últimas décadas por culpa de la caza o las cabras y perros introducidos en las islas. El último caso fue el del solitario George, último ejemplar de su especie, que murió sin descendencia el año pasado pese a los esfuerzos que se realizaron para intentar su reproducción.
Probablemente algunas de estas especies se llevo consigo información muy valiosa que jamás tendremos. Piense en esto cuando usted o un familiar padezca cáncer.

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Fuentes y referencias:
Noticia en Nature.

Salvo que se exprese lo contrario esta obra está bajo una licencia Creative Commons.
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1 Comentario

  1. Miguel Ángel:

    Querido Neo:

    Me ha gustado mucho la conclusión final de la noticia. La lástima es que los seres humanos tengamos que vernos personalmente afectados por algo para que nos impliquemos: es bastante improbable que un José Carreras, por ejemplo, se implique hasta la médula en el tratamiento de la leucemia de no haberla padecido en sus propias carnes.

    En este sentido recuerdo hace algunos años discutir con un conocido sobre la conveniencia de instalar un parque eólico en una zona de la Sierra de Gata donde había posibilidad de que quedase algún lince. Su respuesta fué instantánea y de lo más pragmática: “¿qué importa un lince si van a dar trabajo a la gente de la zona que tanto lo necesita?”

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